Despertar

―Hola, vengo a…

―La estábamos esperando, señorita ―interrumpió cortésmente lo que parecía ser un mayordomo―. Pase por favor.

El hombre con esmoquin de cara gris e inexpresiva la dirigió a la estancia y le pidió tomar asiento en un sillón estilo victoriano que hacía armonía con toda la decoración interior. Dejó sus papeles en la mesilla frente a ella y se sentó. Cuando lo hizo sintió que se caía, pues era de esos sillones que te engullen de lo profundos que son. Hizo un esfuerzo para salir de las fauces de los cojines y sentarse en la orilla y no perder la compostura y la dignidad (maldita falda). Se había decidido por ese atuendo después de pensarlo mucho: quería lucir profesional pero atractiva, formal pero relajada. Lo peor era que tenía que tomar transporte público y, con el acoso a la orden del día, no podía ir demasiado elegante. Se decidió por una falda larga de color oscuro y una camisa de botones; para evitar cualquier incomodidad en el camino llevaría un pesado abrigo, aunque se muriera de calor. De todos modos se encontraba sola en aquella estancia. Parecía que no habían citado a nadie más al menos para ese día, lo que en parte agradeció.

El mayordomo le acercó un vaso de agua ―sin preguntarle si lo necesitaba o no― y se marchó tan rápido como había entrado, sin decir una palabra. Ana se quedó sola.

El día anterior había estado buscando trabajo y había encontrado este anuncio: «Solicito filólogo para analizar y catalogar textos en varias lenguas». «¿Analizar y catalogar?» ―pensó para sus adentros―. «¿Por qué no entonces solicitan un bibliotecario? De todos modos ofrecen buen dinero; el horario es flexible… tal vez es demasiado bueno para ser verdad…».

Pasó horas en aquel café Internet y ese fue el primer anuncio que valió la pena. Todos los demás que tenían algo que ver con su formación eran de maestra de bachillerato o correctora de estilo mal pagada (lo que medianamente había mantenido su vida económica a flote). Esta oferta era la primera en la que definitivamente podría disfrutar haciendo su trabajo.

Para su gusto llegó puntual a la cita, como siempre. La casa era muy grande y antigua, de esas que parecen de otra época y lucen perdidas entre departamentos de interés social apelmazados unos sobre otros. Llevaba algunos minutos ―que pesaban como horas― en esa sala esperando a que empezara su entrevista y nadie venía por ella. Ocupó su tiempo en ver los objetos que tenía a su alrededor. Se puso de pie y caminó por la sala. En las paredes había oscuros retratos de personas que parecían haber vivido hace mil años. También había algunos paisajes, pero no eran menos lúgubres que los retratos. Ana no reconoció ninguna obra.

Volvió a tomar asiento y dio un sorbo a su agua. Habían pasado 25 minutos. «¿Qué los estará retrasando?» ―se preguntó―. «Tal vez sí citaron a alguien más y tengo que esperar a que finalice la entrevista. De todos modos, qué mala educación citar a alguien y hacerla esperar».

Decidió volver a ponerse en pie y mirar las cosas que la rodeaban. Notó unas pequeñas fotos enmarcadas en una estantería: casi todas eran retratos de personas en blanco y negro, la versión contemporánea de los retratos que tenían colgados de la pared, quizá. No pudo reconocer similitudes entre los cuadros y las fotografías. Volvió a tomar asiento.

Ana comenzaba a desesperarse. Habían pasado 50 minutos y ni el dueño o dueña de la casa ni su mayordomo habían decidido que era educado dar algún tipo de explicación. Además, después de casi una hora de estar encerrada en esa habitación cuadrada empezaba a sentirse encerrada. De hecho, no lo había pensado hasta ese momento, pero ¿qué tal si sí la habían encerrado? No veía ventanas desde esa habitación y la idea de encierro comenzó a alterarla. Se precipitó hacia la puerta por la que había entrado, disimulando su prisa, y comprobó con agrado que estaba abierta. Desde ella podía regresar a la sala principal y salir a la calle. Se tranquilizó un poco y decidió volverse a sentar. Esta vez dejó que el sillón la engullera hasta el fondo.

Una hora y treinta minutos. Esto era el colmo, nunca la habían hecho esperar tanto. No era que tuviera otra cita que atender, pero eso no significa que no pudiera aprovechar su tiempo de mejor manera que estar sentada sola en una casa cubierta de polvo decimonónico. Ya había recorrido la sala por todos lados (no era demasiado grande), y ya se había aburrido de ver los retratos y cachivaches revueltos en la estantería. El trabajo parecía prometedor, pero empezaba a rozar con los dedos la idea de abandonar toda esperanza y marcharse hacia su casa. Se levantó y dirigió hacia la puerta, pero cuando tomó el pomo para abrirla y salir, algo le dijo que no lo hiciera; fue un instante, una sensación, y decidió no irse. Volvió a tomar asiento en el sillón devorador.

No se había dado cuenta, pero desde que llegó no se había quitado el abrigo, aunque en el camino moría de calor. La casa era sumamente fría, tal vez debido a los techos altos. Decidió quitárselo y hacerlo bola para tener un punto menos profundo en dónde ponerse. Quedó muy bien: podía sentarse cómodamente pero no terminaba en el fondo del sillón. Ahora sentía un poco más el frío, aunque no era insoportable. También sentía algo raro que no era fácil describir, pero podía ser también debido a su larga espera… No, no era eso, se sentía vigilada. Buscó con los ojos indicios de cámaras o huecos sospechosos, incluso volvió a pasear por la estancia sin encontrar algo que confirmara su sospecha. Era raro: podía ser su paranoia… o podía ser cierto. Desechó la idea moviendo la cabeza en negativa y volvió a acomodarse en el sillón, aunque no pudo evitar estar buscando un no sé qué con los ojos.

A las dos horas de espera estaba harta y decidida a marcharse. Se levantó, tomó su abrigo y enfiló hacia la puerta. Cuando tomó el pomo y la abrió, escuchó un ruido detrás de ella, se giró y vio a un señor de cabello cano en el umbral.

― ¿Ya se va? ―le dijo lacónicamente.

―Pues… pues, tengo aquí dos horas. Creí que se habían olvidado de mí.

―Le ofrezco una disculpa, si me da la oportunidad, me gustaría platicar con usted un momento ―e hizo un ademán con la mano señalando la sala de donde venía.

Ana estaba cansada, harta y muy disgustada, pero hasta ahora no la habían tratado mal (sin contar con que la olvidaron más de 120 minutos), así que decidió que no tenía mucho más que perder.

Hablaron durante horas. Ana perdió inmediatamente el mal humor con la biblioteca que tenía ante sus ojos: ejemplares antiquísimos en latín, sánscrito, yidish, francés, inglés… Ella no conocía todas esas lenguas, pero según el señor Ulman (así le dijo que se llamaba), eso no sería necesario. Los temas eran de lo más raro que Ana hubiera leído: había diccionarios demoniacos, manuales de alquimia, tratados de magia, bestiarios fantásticos, toda una biblioteca de conocimiento hermético. Además, en esta ocasión sí entró el mayordomo ¡y hasta le ofrecieron café y chocolate! Parecía otro día en comparación con las dos pésimas horas que acababa de pasar.

―Su trabajo será analizar la información de estos tomos y proponer una manera de organizar la biblioteca. Yo no tengo tiempo para eso ―dijo Ulman moviendo la mano con un gesto de desdén―, pero le tengo gran afecto a la persona que me heredó los libros, por lo que quiero que estén bien ordenados.

―Claro que sí ―respondió Ana con entusiasmo―. Creo que puedo hacerlo.

Después de cerrar el trato todavía se quedó a leer y a hojear varios libros. ¡Eran maravillosos!, aunque muy raros. Cuando se dio cuenta, la noche estaba cayendo.

―Creo que es hora de irme, pero volveré mañana a primera hora.

Así lo hizo, y esta vez recibió todas las atenciones que necesitaba. La casa no estaba cerca de su departamento, pero disfrutaba su trabajo y estaba aprendiendo mucho, aunque fuera sobre ciencia ficción y cosas sin tanto sentido, como diferentes tipos de espectros, bestias fantásticas, cómo encadenar a un demonio, tipos de elíxires y otras cosas así. Ese día también salió tarde, pero no porque el señor Ulman se lo pidiera, sino porque Ana perdió la noción del tiempo por estar ensimismada con los libros.

Así pasaron algunas semanas: Ana disfrutando su trabajo y pasando más de la cuenta en él de lo que le pedían. De vez en cuando el señor Ulman la acompañaba y pasaban el día y la tarde platicando de las cosas raras que se encontraban en los libros. Para no tener interés en el contenido de la biblioteca, el señor Ulman tenía muy buena idea de qué cosas había en los libros y qué relación tenían entre sí.

―Es extraño, al principio no me daba mucha confianza el lugar, pero ahora no puedo dejar de ir cada día ―le dijo a su amiga durante el café que compartieron aquella tarde.

―A mí me dan escalofríos cada que paso por esa casona ―le contestó―. Siempre oscura y como separada de la ciudad. Parece que está estancada en otra época.

―Sí… ja, ja ―rió Ana―. Y deberías verla por dentro, parece que no hay nada que pertenezca ni remotamente al siglo xx o xxi… incluidos los inquilinos.

Las dos rieron a costa del señor Ulman y su mayordomo que, para ser sinceros, sí parecían sacados de una película en blanco y negro.

Ana entendía lo que decía su amiga. El ambiente de la casa era lúgubre sin importar si el clima era soleado o lluvioso. Parecía estar anquilosada en el siglo xix pero no de una manera del todo inocente, como si la casa por sí misma tratara de mantenerse arraigada a esa época.

En las jornadas de trabajo, Ana había perdido ya el miedo a estar sola. Al principio pensó que una casa tan vieja podría tener recuerdos demasiado antiguos, lo que podría causar algún tipo de fenómeno paranormal; aunque, como científica y académica, Ana no creía en esas cosas. Sin embargo, siempre estaba a la espera de algún ruido o algún movimiento sospechoso mientras trabajaba, nada más «por si acaso», como decía ella.

Era curioso: a pesar del ambiente extraño que siempre envolvía a la casa, Ana encontraba paz dentro de ella. Nunca había visto algo extraño y nunca había sentido una sensación de peligro, excepto la primera vez que creyó que la habían encerrado. Dejando de lado esa experiencia ―que resultó ser sólo su imaginación―, siempre que iba a trabajar se sentía en casa.

Una tarde ―a punto de caer la noche―, en el transcurso de regreso a su departamento le pasó algo de lo más curioso: por un juego de luz vio cómo la sombra de un señor en el metro se movía de manera distinta al cuerpo. Justo había estado leyendo acerca de sombras en el día, por lo que también puede ser que haya sido un juego de su imaginación… o no. Ya estaba cansada y decidió que no valía la pena pensar en eso.

A la mañana siguiente, continuó pensando que había leído algo de juegos de sombras en algún libro de la biblioteca, por lo que su curiosidad no la dejó en paz hasta que se puso a indagar acerca de ello. Encontró lo que quería cerca del medio día:

Las sombras son criaturas no-muertas que se alimentan de la vitalidad de los seres vivos. Pueden consumir cualquier ser, pero prefieren a los que no están manchados por el mal, pues el mal está en el centro de las sombras. Prefieren ocultarse en las sombras naturales de los seres vivos y drenar sigilosamente la energía vital de las criaturas para evitar confrontaciones directas debido a la fragilidad innata de sus complexiones. Su método es tan efectivo que pocas personas pueden advertir que se trata de una sombra; sin embargo, un ojo entrenado y alerta puede dar con ellas de manera sencilla. Le temen a la potencia de la luz directa, por lo que difícilmente se les encontrará en pleno día o en espacios bien iluminados.

Ana no pudo evitar estremecerse. Sabía que esto no era real, pero la definición y descripción parecían formalmente verídicas. Para su desdicha, el libro contenía varias ilustraciones de las sombras con lujo de detalle, lo que la perturbó aún más. No recordaba haber leído todo esto, aunque sí recordaba haber hojeado las páginas en algún momento.

En el regreso a casa, por más que quiso evitarlo, Ana estuvo pendiente de toda sombra que encontraba sobre todo en lugares pobremente iluminados. Esta vez no notó nada particular, pero la sensación de paranoia en el viaje a casa fue terrible. Para empeorar las cosas, cuando se acercó a su puerta notó que ésta estaba emparejada. No podía recordar si había cerrado con llave o no, pero estaba segura que siempre cerraba de manera automática cuando salía de casa. Una vez dentro vio que todo estaba revuelto y por los suelos; la habían robado.

Estaba cansada, tensa y asustada. No había sufrido un robo desde que había llegado a la ciudad, pero eso no lo hacía más llevadero. Empezó a ordenar algunas cosas, pero ya era demasiado noche; se echó a llorar y se fue a dormir con lágrimas en los ojos. Ante la tragedia no pudo evitar pensar en Marco, su más reciente y estable pareja. Ella no quería tener hijos y dedicarse al hogar; quería estudiar filología, por lo que abandonó la comodidad y estabilidad que conocía. Ahora, con una carrera terminada, latín, español, inglés y francés entre sus lenguas habladas, estaba desmesuradamente preparada para un mundo neoliberal que ve como obsoleto su saber y se sentía desesperadamente sola. Tenía una única amiga en la ciudad, pero no era fácil coincidir en un lugar donde todo está lejos y nunca hay tiempo para nada. Trató de desechar estos pensamientos y conciliar el sueño, no sin antes poner llave al cerrojo y acomodar un mueble estorbando la puerta por cualquier eventualidad que pudiera pasar.

Despertó en la madrugada sin saber qué hora era. Recordó lo que le había pasado y tuvo miedo, pues escuchaba ruidos en el piso. El sonido era como de garras golpeando contra una superficie dura, lo que la espantó aún más. Después de unos instantes recobró la cordura, pues identificó el sonido de las uñas del perro del vecino que de por sí siempre se escuchaban en el piso de arriba. El animal normalmente no caminaba en la noche, quién sabe qué le había picado esta vez. Trató de no pensar en ello y volvió a dormir.

Despertó al alba, de mal humor y con un sentimiento de cansancio que la aprisionaba en el colchón. Una vez despierta sabía que no volvería a poder dormir al menos hasta medio día, cuando sus actividades se lo impedirían. Cansada y resignada, se levantó y fue por algo de desayunar para poder ir al trabajo. De golpe recordó que toda su casa estaba revuelta por el robo de ayer y un tempor se apoderó de su pecho. Comenzó a limpiar y ordenar con pesadez, pero mientras más avanzaba más la mordía su curiosidad, pues no encontraba una sola cosa que le faltara. Todo estaba revuelto, sí, pero no faltaba dinero, alhajas, prendas ni nada que pudiera identificar.

«¿Qué demonios pasó?» ―pensó para sus adentros―. «¿Por qué entraría alguien a revolver la casa de otra persona si no pretende llevarse nada? ¿O es que buscaban algo que no encontraron?».

La incógnita era irresoluble y no valía la pena detenerse más en ella. Acabó de ordenar ―con una mejora en su humor debido a que no faltaba nada― y se dispuso a ir al trabajo.

No sabía de qué manera podía mejorar la seguridad de su hogar, pero tenía que intentar algo. Fue con sus vecinos y preguntó si habían notado algo raro. Ninguno vio siquiera que alguien se acercara a la puerta de su departamento. Su ventana se encontraba en un cuarto piso, por lo que era poco probable que alguien hubiera entrado por ahí. Sea lo que sea, no podía hacer mucho en esos momentos más que pedir a sus vecinos que le llamaran si veían algo extraño.

La mañana en la casona transcurrió sin sobresaltos. El señor Ulman se encontraba de viaje, por lo que estuvo sola con el mayordomo casi toda la semana. Debido al temor de que alguien se metiera de nuevo a su casa, procuró irse antes de que la alcanzara el crepúsculo, aunque también tuvo que ver su nueva consciencia respecto a las sombras, aunque esto fuera claramente ciencia ficción. ¿O sería que gracias a todo lo que estaba leyendo, su superstición estaba creciendo?

Cuando llegó a casa no notó nada extraño: la puerta cerrada, el interior inmutable. Se fue a dormir tranquila, pero volvió a despertar en la madrugada con el ruido del perro del vecino de arriba. «¡Qué lata! ¿Qué le dan a ese pobre que no puede dormir en las noches como todo el mundo?». Se giró y trató de dormir. Lo consiguió sin mucho trabajo y durmió hasta la mañana siguiente.

―Te veo cansada, Ana. ¿Pasa algo? ―le preguntó el señor Ulman días después, ya de regreso en su casona.

―No señor ―contestó con tono cansino―, es sólo que he estado despertando en las madrugadas porque el perro de mi vecino parece que prefiere esa hora para jugar. Tiene un par de semanas que lo hace casi sin excepción.

―Ya veo. ¿Qué raza es el perro?

―No sé, no lo conozco. Pero de un tiempo para acá le gusta ponerse a correr por el departamento en plena madrugada.

―Caray, qué mal. ¿Podrías seguir con la catalogación de esos libros que están allá, por favor? ―dijo el señor Ulman imperturbable como siempre.

―Claro ―y se levantó para tomar una pila de libros que no había tocado hasta ese entonces.

Ana salió más temprano que de costumbre; tenía algunas cosas que comprar para la semana. Caminó sobre los linderos del parque que está cerca de la casona para tomar el camión que la llevaría al supermercado. Las grandes copas de los árboles se movían al ritmo que marcaba el fuerte viento otoñal que parecía rugir mientras Ana se acomodaba el saco con la intención de no dejar que el viento se metiera en su pecho. Siempre había preferido los climas templados a los cálidos, pero definitivamente no disfrutaba tener el aire revolviendo su pelo y su ropa mientras caminaba por la calle.

Después de hacer el mandado se dirigió a casa. Tenía tiempo que su refrigerador no estaba tan rebosante con comida. Los últimos meses había tenido que mantener un límite de alimentos debido a lo precario de su situación económica; esta vez, sin embargo, podía darse el lujo de comprar lo que quisiera siempre y cuando no abusara en cosas que no necesitaba.

Se preparó algo de cenar, miró en la televisión algún programa gris que estuviera al aire y se fue a la cama. Como había sido costumbre los días anteriores, en la madrugada la despertaron las garras del can contra el suelo de su vecino de arriba. No era lo peor del mundo, pero se estaba convirtiendo en una rutina molesta por la cual ella no tenía que pagar. Iría a hablar con él a la mañana siguiente.

Cuando despertó preparó café y se dio un baño. Lo hizo con el tiempo suficiente para poder ir con su vecino y hablar con él y que eso no le retrasara su día. Cruzó su puerta y subió las escaleras. Dio con tres golpes suaves pero firmes. Siempre golpeaba el mismo número de veces; no sabía por qué, pero nunca golpeaba ni dos ni cuatro, sino tres.

―¿Sí?… ―preguntó alguien al interior mientras abría la puerta.

―Buenos días señora Carmona, estaba buscando a Fernando.

Reconoció la voz de la señora que vivía con su vecino. Suponía que era su madre, pero como no los conocía en realidad, era difícil estar segura. No quería molestar a la señora, por eso había preguntado por él; aunque, qué más da.

―No se encuentra, querida, se fue a trabajar. ¿Hay algo en lo que te pueda ayudar? ―preguntó dulcemente la anciana.

―Pues… lo que pasa es que van varios días que su perro se despierta en la madrugada y el sonido de sus patas casi siempre me despierta ―dijo Ana tratando de ser cortés.

―¿Mi perro? ―dijo la señora―. Nosotros no tenemos perro.

Ana se estremeció y la piel se le puso de gallina.

―¿Cómo dice? ¿No tienen perro? ―preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

―Sí, verás, soy alérgica al pelo de las mascotas, por eso no tenemos animales en casa.

Esto era imposible. No había ningún otro departamento que estuviera encima del suyo, por lo que no podía ser que se hubiera equivocado de puerta. Ana descendió hasta su piso. No recordaba si había dado las gracias o si se había despedido, pero ya se encontraba dentro de su propio departamento. Se apresuró a tomar unas cosas y salió para la casona.

Llegó como si nada y se puso a trabajar, pero con la intención de buscar información que le explicara la extrañeza del fenómeno. Estaba segura que hacía muy poco tiempo había leído algo acerca de criaturas que producían sonidos en las noches, pero no recordaba dónde. Ni siquiera sabía por qué buscaba aquí, si sabía que sólo encontraría leyendas y fábulas. Aún así, su curiosidad no la dejaba en paz. Tomó un libro de los últimos que el señor Ulman le había pedido ordenar: Dictionnaire Infernal, por Jacques Auguste Simon Collin de Plancy.

Leyó de varios demonios y diablos, pero nada particular que pudiera relacionar. Tomó otro libro y encontró descripciones más generales, donde encontró una que llamó su atención:

Diablillo [imp]: los diablillos abundan en los planos inferiores, ya sea corriendo para cumplir los designios de sus amos, espiando rivales o engañando y confundiendo mortales. Un diablillo servirá orgullosamente a un amo maligno de cualquier tipo, pero es incapaz de llevar a cabo tareas complejas con velocidad o eficacia. Un diablillo puede asumir cualquier forma animal, pero su verdadero aspecto es el de un humanoide de piel rojiza con cola, pequeños cuernos, garras y alas.

Ana sonrió ante la posibilidad de creerse todo aquello: que había un diablillo en su casa engañándola o confundiéndola. Le sorprendió aún más su reacción, si por algún motivo era cierto y tenía un diablillo en casa, lo más probable es que hubiera sentido miedo, no intriga, pero no podía engañarse a sí misma, lo que sentía era curiosidad: imaginar que el sonido de las garras no eran sobre el piso de arriba, sino sobre su cabeza, le hizo pensar en el diablillo boca arriba rasgando el techo del departamento.

Buscó libros acerca de cómo repeler diablillos o lo que sea que estuviera hostigándola. Si lo que querían era espiarla, tal vez algo relacionado con la protección a la clarividencia podría servirle. Tan ensimismada estaba que no se dio cuenta que el señor Ulman estaba muy atento a lo que buscaba y leía.

―Hola Ana, ¿todo bien? ―dijo inquisitivamente el señor Ulman.

―Sí señor, sólo estaba… acomodando estos libros ―contestó algo intranquila ante el sorpresivo encuentro.

―Veo que tienes varios libros abiertos. ¿Qué es lo que estás buscando?

―Pues… estaba…

―Vamos, no pasa nada, dímelo con confianza ―la tranquilizó.

Ana empezó a contarle las cosas extrañas que había visto en las últimas semanas, más insegura que con firmeza. El señor Ulman no la interrumpió ni dijo ni una sola palabra, lo que le dio todavía más inseguridad. «Ha de pensar que estoy loca», pensó para sí misma. Cuando terminó por decirle que estaba buscando información para deshacerse de «eso» que la estaba despertando en la noche se calló de golpe, sin saber si decir algo más o sólo esperar.

Pasaron unos segundos que Ana sintió como horas antes de decir:

―Cree que estoy loca, ¿verdad? Creo que yo también…

―Eso no es lo que creo, Ana ―la interrumpió firmemente―. Lo que creo es que hice bien en ofrecerte este trabajo, verás…

El mayordomo se acercó con un vaso de chocolate, como la primera vez que habló con el señor Ulman. Sonreía de oreja a oreja, algo que desencajaba con su habitual expresión.

―Cuando puse ese anuncio no esperaba que llegaran muchas personas, naturalmente. Actualmente casi nadie tiene la formación que esperaba encontrar. Los pocos que llegaron se fueron al poco tiempo de estar solos en la habitación, pero tú decidiste quedarte más de dos horas sola.

―Me está diciendo que me dejó esperar deliberadamente… ―comenzó a decir Ana un poco airada.

—El trabajo que necesito que hagan requiere de mucha paciencia ―la interrumpió el señor Ulman―, por eso era importante hacer esperar a los candidatos.

Ana sintió que la sangre subía a su cara; apretaba los puños sin darse cuenta siquiera.

―¡¿Y eso qué demonios tiene que ver?! ―dijo Ana sin mucha paciencia y poniéndose de pie―. ¿Me está diciendo que todo esto ha sido un juego que usted ha estado jugando? ¿Que estos libros son patrañas solamente para que usted tuviera alguien a quién manipular?

―Te estoy diciendo que una persona carente de parsimonia nunca hubiera podido llegar hasta donde tú, Ana. Te estoy diciendo que no ha habido en esta casa nada falso ni embustero. Que no ha habido desde que llegaste ninguna mentira que se te haya enseñado o mostrado, especialmente en los libros ―hizo énfasis en esa palabra.

Ana abrió los ojos como dos platos.

―Quiere decir que… ―intentó articular Ana.

―Una muchacha inteligente como tú seguramente ya lo sospechaba. No hay ningún trabajo de catalogación o análisis. Todo eso era una prueba para medir tu sensibilidad y aptitud para el verdadero trabajo.

―¿Qué… qué trabajo? ―tartamudeó.

―El de cazadora ―sentenció Ulman―. Ahora la pregunta es: ¿puedes vivir una vida normal sabiendo lo que sabes o estás dispuesta a aceptar de una vez por todas el trabajo que te ofrezco?

Ana no sabía qué pensar, mucho menos qué decir. El anciano que tenía enfrente le estaba diciendo las patrañas más grandes que le habían dicho jamás: que las sombras se alimentan de seres vivos, que los diablillos gozan birlando humanos, que los hombres lobo eran reales, que los demonios disfrutan poseyendo mortales y manipulándolos, y un largo etcétera contenido en los cientos de libros de conocimiento oculto que tenía frente a ella.

El mayordomo junto al señor Ulman sonreía y asentía la cabeza con una mueca de idiota insoportable. Parecía querer hablar por Ana y decir que sí. Ella pensaba en su vida, su trabajo, sus conocidos y en todo lo que hasta ese momento había estado haciendo.

Se sentó, azotó su palma fuertemente sobre el libro que tenía abierto sobre la mesa y le dijo:

―Primero dígame cómo carajos me deshago de ese diablillo en mi casa.

El mayordomo ahogó un grito de júbilo. Ulman sonrió y se sentó junto a ella.

Mauricio Gómez

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