Performatividad literaria o actos de literatura

John Austin es un filósofo que revolucionó el modo de pensar el lenguaje con su libro Cómo hacer cosas con palabras. En él sostenía la teoría de que ciertas oraciones no tenían la función sólo de comunicar, sino de hacer cosas. Estas oraciones son emisiones performativas o realizativas (performative utterances) y son del tipo de: «sí, acepto», «le ofrezco disculpas», «declaro la jornada oficialmente abierta», etc. En este tipo de emisiones no se describe nada, no son ni verdaderas ni falsas y no pueden carecer de sentido, puesto que hacen el sentido en el mismo instante del habla. Son performativas (del inglés to perform, acto) porque, por ejemplo, cuando alguien dice «le ofrezco disculpas» no es que de un momento a otro la persona vaya a hacer algo para disculparse, sino que esa emisión es el acto mismo de la disculpa.

Estas emisiones performativas son actos de habla (speech acts), y como tales, están reservada exclusivamente a la oralidad, ya que Austin piensa, como toda la tradición occidental, que la escritura no es acción, sino que solamente usurpa la posición natural que tiene el habla en relación con las ideas. Esta crítica al lugar privilegiado del habla es algo que Derrida estudió profundamente. En sus argumentos está un extenso análisis a Ferdinand de Saussure, Jean-Jacques Rousseau y a Claude Levi-Strauss, tres de los pensadores occidentales estructuralistas más influyentes. Según Derrida, estos filósofos tratan a la escritura como algo suplementario al habla, como algo menor y desviado del objetivo supuestamente único del lenguaje: la comunicación. Esto es peligroso, porque ya desde Platón el habla es considerada como aquello que representa la idea, como eso que comunica de manera directa el mundo ideal con el mundo material, un elemento metafísico supuestamente completo en sí mismo.1 En contraste, la escritura es vista como ese parásito que se adhiere al habla y que intenta representar las ideas sin lograrlo de manera eficiente, por lo que desde siempre ha sido percibida en el mundo de la ciencia como un mal menor del que no podemos prescindir; como el fármacon,2 que es a la vez remedio/veneno para la memoria: «los filósofos escriben pero no piensan que la filosofía deba ser escrita. La filosofía que escriben trata a la escritura en calidad de medio de expresión, lo que es en el mejor de los casos irrelevante para el pensamiento que expresa y, en el peor, una barrera a ese pensamiento».3

La filosofía tradicionalmente es la encargada de conocer y catalogar la esencia de lo que está «ahí afuera», de encontrar la verdad. La literatura, como cosa externa, también es descrita y catalogada por la filosofía, aunque no de una manera paritaria con ella, sino que la define como algo artístico o retórico, como algo suplementario que se cuelga como ornamenta a lo «natural» que es la comunicación; es decir, la literatura es algo bello de lo que podemos prescindir. Esta definición parece adecuada al menos en el sentido común que, como la filosofía, percibe a la literatura como arte que narra o describe un evento o una situación, pero siempre como un medio de expresión.

Lo problemático de esta cuestión no es que la literatura sea o no un medio de expresión, sino que limitarla a esto es caparla de por vida para cualquier otra función que potencialmente pueda tener. En el caso que nos compete en este momento, es caparla para cualquier forma de acción que pudiéramos encontrar en la literatura porque, al ser simplemente representación ornamental de la realidad, la acción es tradicionalmente exclusivo a la palabra. Pero ¿es en realidad tan diferente el habla de la escritura? Se nos ha dicho que sí, y con esa afirmación hemos dado por naturales dicotomías que asumimos y entendemos como contrarios que no pueden ser unidos, como: vida/muerte, naturaleza/cultura, mente/cuerpo, interior/exterior, verdad/falsedad, y es importante notar que «una oposición de conceptos metafísicos (por ejemplo, habla/escritura, presencia/ausencia, etc.) nunca es el enfrentamiento de dos términos, sino una jerarquía y el orden de una subordinación».4 De esta manera, la voz interna, la idea que nace de la esencia humana (comúnmente equiparada con el alma) es vida, naturaleza, mente, interior y verdad; mientras que lo externo, la escritura, es visto como muerte, cultura, cuerpo, exterior y falsedad.

El argumento que Austin da para quitarle la posibilidad a la escritura de ser «auténtica» es que no está intrínsecamente ligada a la presencia: mientras que la voz está expresada inmediatamente después de que la mente crea la idea, la escritura puede ser sacada de contexto, repetida con otro nombre y con otra firma, y así ser suplantada la identidad del emisor original de la idea. Eso es cierto hasta determinado punto, pero ¿no corre el habla el mismo riesgo? En su análisis Derrida deja claro que lo que puede entenderse como presencia, como acto de un sujeto en el habla, es también aplicable a lo escrito. Esos enunciados performativos que según Austin son exclusivos del habla, y que si se aplican a lo escrito son parasitarios, son en realidad una operación básica del lenguaje, ya sea escrito o hablado. Como lo menciona Derrida:

Se trata justamente de la posibilidad para toda enunciación performativa (y a priori para cualquier otra) de ser «citada». Ahora bien, Austin excluye esta eventualidad (y la teoría general que daría cuenta de ella) con una especie de empeño lateral, lateralizante, pero por ello tanto más significativo. Insiste sobre el hecho de que esta posibilidad sigue siendo anormal, parasitaria, que constituye una especie de extenuación, incluso de agonía del lenguaje que es preciso mantener fuertemente a distancia o de la que es preciso desviarse resueltamente.5

Es así que podemos empezar a ver que las diferencias entre oralidad y escritura no están tan bien definidas como nos lo había dicho. Y este paso es fundamental para poder hablar no sólo de actos de habla, sino de literatura. Dando por hecho que el habla y la escritura no son tan distintos, que ni el habla ni la escritura son inherentemente presencia/ausencia, naturaleza/cultura, etc., estamos dando pie a pensar la literatura también como una forma de acción. Pero ¿cómo puede algo estático ser acción? A diferencia de lo que usualmente se cree, la literatura hace cuando se supone que sólo tenía que describir; incluso hay ocasiones en las que hace algo sin siquiera tener la intención, como lo menciona Derrida en un ejemplo que da en «This Strange Institution Called Literature»:6 una obra falocéntrica que, paradójicamente, puede tener efectos antifalocéntricos.

Curiosamente, es justo porque la escritura pude deslindarse de la presencia que escapa a las intenciones del hablante/autor (lo que usualmente sucede sin su intención explícita), ya que según Derrida ningún sintagma escrito puede fijarse absolutamente al contexto en el cual fue concebido: «a causa de su iterabilidad esencial, siempre podemos tomar un sintagma escrito fuera del encadenamiento en el que está tomado o dado, sin hacerle perder toda posibilidad de funcionamiento, si no toda posibilidad de "comunicación", precisamente. Podemos, llegado el caso, reconocerle otras inscribiéndolo o injertándolo en otras cadenas. Ningún contexto puede cerrarse sobre él».7 Pero esto no es malo, sino todo lo contrario, pues hace de la escritura algo dinámico que abre la posibilidad a más y más escritura: «lo que vale para el destinatario, vale también por las mismas razones para el emisor o el productor. Escribir es producir una marca que constituirá una especie de máquina productora a su vez, que mi futura desaparición no impedirá que siga funcionando y dando, dándose a leer y a reescribir».8

Las implicaciones de esta crítica a los actos de habla son grandes, porque señalan la posibilidad de que la literatura cree subjetividades a la vez que es producida por los sujetos, algo impensable antes de que Derrida trajera a colación los actos de literatura. Esta doble partida del lenguaje es lo que a Judith Butler le interesa resaltar ya desde El género en disputa, donde la autora argumenta que los roles de género supuestamente naturales y evidentes socialmente (es decir, que aparentemente sólo describen, como la literatura), no sólo «representan» al hombre y a la mujer, sino que además generan la fijación y el mantenimiento de dichos roles. La postura que Butler toma y su interés por remarcar que el lenguaje es también productor de subjetividades no sólo evidencia el potencial productor del lenguaje, sino también la posibilidad de encarnar en el cuerpo aquello que produce. Esto implica que el producto del lenguaje es también marca, rasgo y cuerpo, a pesar de que el sentido común dicte que la carne es absolutamente producto de la naturaleza y no de la cultura.

Como los enunciados performativos crean, esas creaciones toman forma en el cuerpo y en la cultura en general, ya que como seres lingüísticos que somos, nos es imposible escapar al poder performativo que tiene el lenguaje. Butler se pregunta «¿podría injuriarnos el lenguaje si no fuéramos, en algún sentido, seres lingüísticos, seres que requieren del lenguaje para vivir?»,9 y precisamente porque somos seres lingüísticos, todo lo que juegue un papel en el plano del lenguaje —sea por medio de actos de habla o de literatura— necesariamente terminará desencadenando una reacción en el cuerpo de los sujetos.

  1. «Porque es que es impresionante, Fedro, lo que pasa con la escritura, y por lo que tanto se parece a la pintura. En efecto, sus vástagos están ante nosotros como si tuvieran v»da; pero, si se les pregunta algo, responden con el más altivo de los silencios», Platón, Fedro, 275e.

  2. Término analizado por Derrida en La farmacia de Platón.

  3. Culler, Jonathan. «Teoría y crítica después del estructuralismo». En Criterios, La Habana, no. 21-24, enero 1987-diciembre 1988, pp. 33-43. Disponible en: http://criterios.es/pdf/cullercritica.pdf. Fecha de consulta: 20 de agosto de 2015.

  4. Derrida, Jacques, «Firma, acontecimiento, contexto», en Márgenes de la filosofía. Traducción de Carmen González Marín, 2.ª edición, Madrid: Cátedra, 1994, p. 371.

  5. Ibidem, p. 366.

  6. Jacques Derrida y Derek Attridge (editor). Acts of Literature, Nueva York: Routledge, 1992, p. 50.

  7. Derrida, Jacques, «Firma, acontecimiento, contexto», en Márgenes de la filosofía. Traducción de Carmen González Marín, 2.ª edición, Madrid: Cátedra, 1994, p. 358.

  8. Idem.

  9. Judith Butler, «Vulnerabilidad lingüística», en Feminaria, año 16, número 30/31, abril de 2007, p. 1.

Mauricio Gómez

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