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Derechos de autor y copyleft

La sacudida más importante que ha sufrido el marco teórico de los derechos de autor en su historia es, sin duda, la aparición de la Internet. Desde que el mundo se conectó entre sí ha sido necesario plantear y replantear muchos debates que hasta entonces se pensaban concluidos, y uno de ellos es respecto a las leyes que protegen la propiedad intelectual.

Antes de la Internet era muy difícil compartir contenidos «protegidos» por el derecho de autor más allá de tu círculo inmediato de amigos y familiares. Incluso era visto como una mala idea porque, frecuentemente, nadie regresaba lo que pedía prestado, lo que en México produjo el infame dicho de «tonto el que presta, pero más tonto el que lo regresa». Ahora, por el contrario, es más fácil hacer una copia y mandarla por correo o por mensajería instantánea sin el riesgo de que al prestar el objeto lo perdamos para siempre, y eso es un peligro para la industria del entretenimiento que ve en esto un alevoso robo a su propiedad. Esta facilidad para «delinquir» (según el estricto apego a la ley) ha provocado que la línea que separaba lo controlado y lo libre sea más difusa de lo que le gustaría a la industria.

Estandarizar una red mundial abre la posibilidad de compartir literalmente con todo el mundo lo que sea, incluso obras protegidas por el copyright que antes era imposible distribuir al otro lado del globo sin tener que gastar muchos recursos para lograrlo. El protocolo p2p (peer to peer, o en español, par a par, entre pares) hizo posible que muchas personas tuvieran acceso a contenido ajeno y al mismo tiempo pudieran compartir el suyo. Con ello creció una red que amplió exponencialmente sus alcances y capacidades y que hizo que, desde la década de 1990, casi todas las personas con acceso a la Internet fueran de una u otra manera partícipes de actos delictivos como ver una película en línea, escuchar una canción filtrada que se suponía todavía no tenía que salir a la luz, pasarle a un amigo canciones en formato mp3 o compartir un libro digital. Como era evidente, la industria gastó muchísimos recursos en presionar a los gobiernos para que endurecieran las leyes relativas al derecho de autor, lo que ha puesto tras las rejas a varias personas a lo largo de la historia como Kim Dotcom o Gottfrid Svartholm por desarrollar tecnología, administrar servidores o hacer uso de cualquier cosa que viole los derechos de autor.

Pero pensar en las redes telemáticas solamente como violaciones al derecho de autor es reducir su espectro de acción al mínimo. Las facilidades para la producción, distribución y acceso a la cultura son un abanico de opciones para su democratización, aunque esto genere nuevas fricciones con las leyes vigentes, lo que las fuerza (y no de muy buena gana) a estarse adaptando constantemente.[1] Por el otro lado, los gigantes de la industria dirigen el debate sobre la piratería y los derechos de autor hacia la criminalización de todo aquel que comparta una obra de manera no tradicional con el argumento de que una copia pirateada es una copia no vendida. Esto no es del todo cierto ni del todo falso pues, especialmente en países con recursos limitados, una copia pirateada es la única posibilidad que un gran sector de la población tiene para disfrutar de la cultura, además de que la maquinaria que posibilita la piratería genera fuentes de ingreso importantes a familias que difícilmente podrían tener acceso a un trabajo formal, lo que imposibilita de tajo a un sector importante de la población a adquirir ciertos bienes por las vías tradicionales. En este sentido, la libre difusión —legal o ilegal— es también la democratización de la cultura y el conocimiento, sólo que la industria se preocupa por argumentar que protege al artista al prohibir la libre cultura cuando en realidad lo que intenta proteger es el modelo de negocio al que está acostumbrado y que le reditúa tan bien, sin importarle la democratización de nada en absoluto.[2] Vale la pena mencionar que las posibilidades que abre la Internet no sólo están dirigidas a compartir la cultura, sino también a ser parte de su construcción y cultivo con un alcance potencial que trasciende los límites impuestos en un mundo no conectado, lo que también es incómodo para la industria que está acostumbrada a identificar perfectamente las fuentes de creación para su control, apropiamiento y posterior distribución regulada.

Este debate tiene varias trabas que exigen el replanteamiento de diferentes conceptos. Según López Cuenca y Ramírez Pedrajo,[3] simplemente con hacer uso del término «propiedad intelectual» encontramos un problema, pues evoca una relación material con algo físico que se posee, lo que da la ilusión de exclusividad. Sin embargo, el término se aplica a una idea, una innovación reproducible y multiplicable cuya riqueza reside en inspirar y generar cultura y conocimiento, no en un bien físico y limitado. La lógica del copyright combate por defecto precisamente esa capacidad de compartir y re-crear en pro de la generación de recursos monetarios (sólo si hay dinero de por medio se comparte); mientras que las licencias inspiradas en el copyleft parten del hecho de que la cultura y el conocimiento deben compartirse para que puedan seguir generando cultura y conocimiento (efecto dominó de la cultura). La exclusividad o escasez que genera más valor en los objetos materiales opera de manera inversa en los inmateriales como las ideas y la información. En el caso de la música o del software, por ejemplo, a mayor difusión mayor valor, pues nadie anhela canciones o programas poco universales o que no sirvan para comunicarse con los círculos sociales en los que uno se desenvuelve; lo mismo pasa con la información que encontramos en los libros: tendemos a percibir las historias o teorías poco conocidas como carentes de valor (para bien y para mal). Independientemente de eso, si vemos un libro como un objeto que debe ser exclusivo y escaso, la lógica del copyright es más adecuada; pero si por el contrario, vemos al libro como una plataforma de información y cultura, entonces su contenido debe ser libre, por lo que la lógica del copyleft es mejor opción.

Esta idea frecuentemente se percibe como un riesgo inminente, pues se cree —por la lógica con la que las grandes corporaciones construyen su discurso— que al haber una cultura libre se puede caer en la total desprotección para el autor, el productor y todos los involucrados. Uno de los argumentos de las ideologías conservadoras es relacionar la libertad con el caos, la anarquía (en el sentido de incoherencia o desconcierto) y la ley de la selva (el más grande se come al chico), cuando en realidad esta lógica fácilmente podría relacionarse con el neoliberalismo y su laissez-faire, donde se propone que los gobiernos no se inmiscuyan ni regulen ninguna actividad mercantil al considerar las actividades económicas estrictamente entre particulares.

Al hablar de cultura libre —contrario de lo que el sentido común pueda decir— estamos hablando también de protección y apoyo a creadores e innovadores, pero sobre todo también de límites coherentes a dicha protección para garantizar que los creadores e innovadores posteriores puedan crear sin restricciones por parte del pasado. Como lo menciona Lawrence Lessig, una cultura libre no es una cultura sin propiedad ni méritos para los creadores, sino una en donde la educación y el conocimiento puedan fluir descentralizadamente sin tener que pedir permiso a los que ostentan el poder económico y político en este ámbito (el subrayado es mío).[4]

La cultura del permiso (como la llama Lessig), que ha estado operando prácticamente desde el siglo XX, tuvo sentido e influyó de manera positiva dadas las circunstancias de ese momento específico, sin embargo, es incompatible hoy en día con las prácticas posibles en la sociedad actual (sobre todo gracias a la Internet). Esto no quiere decir que las leyes en torno a la protección del derecho de autor no sirvan y que deban ser desechadas, sino puestas en cuestión y reelaboradas con el fin de seguir construyendo un marco legislativo coherente con las formas de vida de la sociedad. Por supuesto, este debate todavía tiene mucho camino por recorrer y la discusión no está terminada, por lo que es importante mantener los ojos, oídos y mente abiertos para saber de qué manera la cultura puede ser aprovechada socialmente.


  1. Alberto López Cuenca y Eduardo Ramírez Pedrajo, Propiedad intelectual, nuevas tecnologías y libre acceso a la cultura, p. 11. Disponible en: «http://radio-ccemx.org/descargas/propiedadint.pdf». Fecha de consulta: 10 de marzo de 2016. ↩︎

  2. Ibidem, p. 31. ↩︎

  3. Ibidem, p. 35. ↩︎

  4. Lessig, Lawrence. Por una cultura libre. Traducción de Antonio Córdoba. Madrid: Traficantes de sueños, 2005. pp. 19-20. ↩︎