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Tecnologías abiertas para democratizar la cultura

Hablar de la difusión universal del conocimiento sería imposible hace apenas tres décadas. Ahora, gracias a la Internet, las condiciones han cambiado para bien. Esta red no es, como muchos piensan, un ente extraño que está en todos lados y en ninguno, sino una red construida por varias redes en todo el mundo organizada de manera horizontal, federada y descentralizada. No hay nodo sobre el cual recaiga toda la Internet. Si una nación, empresa, poder o lo que sea dejara de participar en la Internet, la red seguiría igual al menos en lo práctico. Esta aclaración es fundamental para entender el potencial disruptivo que siempre han tenido las redes descentralizadas, sean en espacios virtuales o físicos.

La difusión libre por la Internet es tan revolucionaria precisamente por eso, porque al no existir forma de regular y controlar sus contenidos, la industria del consumo falla en identificar productores y consumidores y el mercado, como se conocía hasta hace apenas dos o tres décadas, cambia radicalmente, lo que implica grandes sumas monetarias perdidas para las industria debido a la naturaleza descentralizada de la Internet. Este fenómeno ha hecho que las prácticas en torno a la cultura se modifiquen de manera radical: anteriormente los productores de cultura tenían que acudir casi sin excepción a las grandes distribuidoras que se encargaban de llevar el producto a todo el mundo (o a gran parte); hoy en día esto no es necesario y muchas artistas, productoras, institutos y colectivos se encargan de la distribución por medio de las redes telemáticas.

Pero no sólo la manera en que la cultura se distribuye de un lado a otro del mundo ha cambiado, sino la tecnología con la que se crea y se comparte. Por ejemplo, el protocolo p2p (peer to peer, o en español, par a par, entre pares) hizo posible que muchas personas tuvieran acceso a contenido ajeno y, al mismo tiempo, pudieran compartir el suyo. Con ello creció una red que amplió exponencialmente sus alcances y capacidades y que hizo que, desde la década de 1990, casi todas las personas con acceso a la Internet fueran de una u otra manera partícipes de actos delictivos como ver una película en línea, escuchar una canción filtrada que se suponía todavía no tenía que salir a la luz, pasarle a un amigo canciones en formato mp3 o compartir un libro digital. Como era evidente, la industria gastó muchísimos recursos en presionar a los gobiernos para que endurecieran las leyes relativas al derecho de autor, lo que ha puesto tras las rejas a varias personas a lo largo de la historia como Kim Dotcom o Gottfrid Svartholm por desarrollar tecnología, administrar servidores o hacer uso de cualquier cosa que viole los derechos de autor.

Uno de los puntos centrales en este debate es que la cultura se ha compartido libremente desde siempre, desde los cantos que eran recitados en las plazas públicas (como las epopeyas) hasta la Biblia de 42 líneas de Gutenberg. Las restricciones en torno a compartir cualquier tipo de cultura son invención de las sociedades contemporáneas, más precisamente de la revolución industrial, sólo que gracias a las nuevas tecnologías es desmesuradamente más fácil hacerlo que hace apenas 30 años. Pero pensar en las redes telemáticas solamente como violaciones al derecho de autor es reducir su espectro de acción al mínimo. Las facilidades para la producción, distribución y acceso a la cultura son un abanico de opciones para su democratización, aunque esto genere nuevas fricciones con las leyes vigentes, lo que las fuerza (y no de muy buena gana) a estarse adaptando constantemente.[1] Por el otro lado, los gigantes de la industria dirigen el debate sobre la piratería y los derechos de autor hacia la criminalización de todo aquel que comparta una obra de manera no tradicional con el argumento de que una copia pirateada es una copia no vendida. Esto no es del todo cierto ni del todo falso pues, especialmente en países con recursos limitados, una copia pirateada es la única posibilidad que un gran sector de la población tiene para disfrutar de la cultura, además de que la maquinaria que posibilita la piratería genera fuentes de ingreso importantes a familias que difícilmente podrían tener acceso a un trabajo formal, lo que imposibilita de tajo a un sector importante de la población a adquirir ciertos bienes por las vías tradicionales. En este sentido, la libre difusión ―legal o ilegal― es también la democratización de la cultura y el conocimiento, sólo que la industria se preocupa por argumentar que protege al artista al prohibir la libre cultura cuando en realidad lo que intenta proteger es el modelo de negocio al que está acostumbrado y que le reditúa tan bien, sin importarle la democratización de nada en absoluto.[2] Es importante mencionar que las posibilidades que abre la Internet no sólo están dirigidas a compartir la cultura, sino también a ser parte de su construcción y cultivo con un alcance potencial que trasciende los límites impuestos en un mundo no conectado, lo que también es incómodo para la industria que está acostumbrada a identificar perfectamente las fuentes de creación para su control, apropiamiento y posterior distribución regulada con fines monetarios.

Esta postura que implica la crítica de los modelos económicos tradicionales está detrás de varios proyectos contemporáneos que ven en las nuevas tecnologías la posibilidad de llevar su contenido a todo el mundo. Sin embargo, debido a las limitantes en la distribución que conlleva la protección del derecho de autor, estos proyectos frecuentemente acuden a alternativas legales que priorizan el alcance en vez de la generación de recursos monetarios. El caso más célebre de las licencias que permiten esto es el de Lawrence Lessig, maestro de leyes en la Universidad de Standford y autor de la licencia Creative Commons que busca precisamente partir de que todo el mundo puede compartir, modificar y redistribuir el trabajo del artista que use esta licencia, justo el punto de partida contrario al del copyright. Por supuesto, hay ciertos matices y distintas formas de usar esta licencia, pero en general, la idea es aportar una alternativa mucho más flexible que privilegie la distribución por encima de la restricción con fines de maximizar los rendimientos económicos.

En México existen muy pocas editoriales que publican con esta licencia, las más grandes o conocidas (porque las distribuye Sexto Piso, una editorial más grande y con presencia en México y España) son Sur+ y Tumbona Ediciones. Esta licencia les permite vender sus libros impresos, permitir la copia y reproducción de éstos y también su descarga gratuita por medio de una conexión a la Internet, lo que facilita la distribución de sus contenidos. Por supuesto, la elección de esta licencia en vez de la tradicional protección a los derechos de autor tiene que ver más con una decisión política que económica, pues se prioriza el alcance de los contenidos por encima de la generación de capital, como normalmente se hace.

En España el panorama es algo más avanzado: existen varias editoriales que utilizan una licencia libre aunque siguen siendo una gran minoría. Uno de los casos más célebres es el de Traficantes de Sueños (TdS), que entendió que antes de poder producir libros era importante generar una red para distribuirlos, pues el sistema industrial-corporativo tradicional condiciona la participación a la aplicación estricta de sus propias reglas, como las librerías que exigen descuentos desorbitados a cambio de exhibir los libros.

TdS no es una editorial propiamente hablando, sino un proyecto político, una visión del mundo que toma como medio de acción el libro y todo lo que implica el trabajo alrededor de él (tienen un taller de diseño, una la librería asociativa y dan cursos y pláticas relacionadas con su quehacer). Su acción política radica en la publicación de literatura, pues su catálogo editorial se alinea con sus propuestas ideológicas al publicar feminismo, teoría crítica, filosofía política contemporánea, etc. Como su enfoque está puesto en el alcance de su discurso, además de los libros también tienen otros proyectos que aprovechan las nuevas tecnologías para llegar a más gente, como la producción de podcasts a través de la plataforma Sound Cloud, donde discuten los temas de sus publicaciones con autores e intelectuales relacionados con la temática.

La tecnología por sí sola no es buena ni mala, sino neutra. Las posibilidades que abren las nuevas plataformas, potenciadas sobre todo por la Internet, abren posibilidades inimaginables hace algunas décadas. Sin embargo, estas nuevas oportunidades no sirven de mucho si utilizan sistemas cerrados, comerciales o privativos; por otro lado, mientras los sistemas sean más abiertos y descentralizados, más oportunidades habrá para democratizar la cultura en todos los niveles sociales. Si más personas tienen acceso a la educación, a la cultura, y sobre todo a su producción descentralizada, horizontal, colaborativa y solidaria, más cerca estaremos de tener una sociedad más justa y equitativa.

Notas

[1] Alberto López Cuenca y Eduardo Ramírez Pedrajo, Propiedad intelectual, nuevas tecnologías y libre acceso a la cultura, p. 11. Disponible en: "http://radio-ccemx.org/descargas/propiedadint.pdf".

[2] Ibidem, p. 31.